Comencemos con algunas definiciones de desarrollo:
Diccionario Cassell de Historia de Palabras desarrollar [es] desenvolver, dar a luz gradualmente; [del] antiguo francés développer, del Latin DIS + raíz representada por el antiguo francés voloper envolver, de origen desconocido.
Diccionario de la Real Academia Española
1. m. Acción y efecto de desarrollar o desarrollarse.
2. m. Combinación entre el plato y el piñón de la bicicleta, que determina la distancia que se avanza con cada pedalada.
3. m. Econ. Evolución progresiva de una economía hacia mejores niveles de vida.
Oxford English Dictionary
1. Un desenvolvimiento gradual, hacer más visible; una revelación más plena o la elaboración de los detalles de cualquier fenómeno, como un plan, un esquema, la trama de una novela...
2. Evolución o desentrañamiento de una condición latente o elementaria; la producción de una fuerza natural, energía o una nueva forma de materia. 3. Crecimiento o desenvolvimiento de lo que está en estado germinal; la condición de lo que se ha desarrollado.
Encyclopedia Britannica
Proceso mediante el cual economías nacionales simples y de bajos ingresos se transforman en economías industriales modernas. . . La teoría del crecimiento económico – cómo las economías primitivas y pobres pueden llegar a ser sofisticadas y relativamente prósperas – es de importancia crítica para los países subdesarrollados, y es en este contexto que se suele tratar asuntos de desarrollo económico.
HISTORIA DEL DESARROLLISMO
Los estudios del llamado “desarrollismo económico” explican que esta noción emergió al final de la Primera Guerra Mundial, que trajo como consecuencias el fin del colonialismo europeo y los movimientos de descolonización. Al independizarse, estos países necesitaban consolidarse política y económicamente.
Debido a ese estado “latente” y de supuesta “inmadurez,” la mayoría de las ex colonias fueron clasificadas como países subdesarrollados.
Antecedentes desarrollistas en América Latina
Esta no es la primera vez que países poscoloniales fueron vistos y se vieron como subdesarrollados. Los próceres de las recién independientes repúblicas hispanoamericanas en la primera mitad del siglo XIX consideraban que había que lograr un nivel de madurez que sólo el desarrollo de instituciones políticas, económicas y culturales posibilitaría. Desde luego, para satisfacer criterios europeos de madurez, sobre todos los establecidos por las imperantes ideologías positivistas, en las cuales primaba el evolucionismo. Andrés Bello, por ejemplo, consideraba que las repúblicas hispanoamericanas necesitaban conocer primero sus tradiciones y someterlas a un estudio de sus rasgos particulares para luego redactar la historia de su civilización. Medio siglo después Eugenio María de Hostos, como Bello, positivista, promovió la educación como medio para el desarrollo nacional.
La propuesta de Hostos incluyó “el reclamo de modernización de la educación, sin importar niveles socio-económicos o sexo”, el reconocimiento de “que la instrucción pública es la función más importante del Estado”, y “que los estudios deben pasar a formar ciudadanos”. Hostos y sus seguidores lucharon por una educación laica, racional y científica, basada en la corriente positivista que encontró la oposición de una sociedad fuertemente católica, lo que aunado a la inestabilidad política característica del período, impidió que la ley propuesta fuera aplicada. (Díaz, 1996: p. 106)
Domingo Faustino Sarmiento también escribió acerca de la inmadurez de la Argentina, comparándola con el desarrollo industrial de los Estados Unidos, y debido, según él, al autoritarismo político y a la falta de conquista de la naturaleza para ponerla al servicio de la industria. También consideraba que las razas que poblaban la Argentina, inclusive la española, no eran aptas para esa conquista racionalizante de la naturaleza; por eso abogó por la inmigración europea y la educación universal. Aún Martí apeló, por ejemplo, en Nuestra América, haciendo eco de Bello, a la necesidad de conocer las circunstancias propias para así resolver los problemas no sólo económicos sino también sociales. Como veremos, Martí se anticipa a los intelectuales de la descolonización al proponer la necesidad de reconocer las realidades propias y no imitar modelos europeos o estadounidenses.
“¿Cómo han de salir de las universidades los gobernantes, si no hay universidad en América donde se enseñe lo rudimentario del arte del gobierno, que es el análisis de los elementos peculiares de los pueblos de América? A adivinar salen los jóvenes al mundo, con antiparras yanquis o francesas, y aspiran a dirigir un pueblo que no conocen… Resolver el problema después de conocer sus elementos, es más fácil que resolver el problema sin conocerlos… La universidad europea ha de ceder a la universidad americana. La historia de América, de los incas acá, ha de enseñarse al dedillo, aunque no se enseñe la de los arcontes de Grecia. Nuestra Grecia es preferible a la Grecia que no es nuestra. Nos es más necesaria.” [José Martí, Nuestra América (1891)]
Como se ve, estas propuestas eran políticas, sociales, económicas y culturales. En Martí sobre todo hay una reivindicación de tradiciones locales y regionales, y una desconfianza en los criterios metropolitanos. Podría decir que se resistió a aceptar una premisa fundamental del desarrollismo pos Segunda Guerra Mundial: que los cambios que asemejan a los países del tercer mundo con los países industrializados se puede y debe considerar como desarrollo.
Volviendo a nuestro rastreo de la historia del término “desarrollo”, podemos subrayar que el Plan Marshall en Europa y las iniciativas estadounidenses que promovieron el desarrollo en el “tercer mundo,” enfatizaron los aspectos económicos. Pero también señalaron aspectos culturales que obstaculizaban o retardaban el desarrollo. Interesantemente, cabe notar que con el gobierno de Luis Muñoz Marín, Puerto Rico se convirtió en una “vitrina de desarrollo” y un
SURGIMIENTO DEL DESARROLLISMO
Plan Marshall - Point Four technical aid program
Discurso de Truman – patologiza la pobreza y la caracteriza como subdesarrollo: “la pobreza es preocupante porque la vida económica de los pobres es primitiva y estancada… Su pobreza es una discapacidad y una amenaza tanto para ellos como para áreas más prósperas” [Discurso Inaugural, 1949]
Creación de las instituciones de Breton Woods: FMI, Banco
Mundial
Descolonización – políticas de autodeterminación, reconocimiento, compensación.
“laboratorio de investigación” y “uno de los lugares más fructíferos en el mundo para estudiar el desarrollo, el rápido cambio social, y la cultura de fusión en una sociedad de frontera movediza,” es decir, de inmigración (Lapp, 1995). De hecho, en Puerto Rico se estableció el Point Four Technical Aid Program del Plan Marshall. La U.S. International Cooperation Administration definió su metodología de la siguiente manera: A key description [of “community development”] is “aided self-help.” Local people in many instances recognize their needs and also may be able to work together toward a higher standard of living and better way of life. “Community development” today, however, implies that the process is not entirely a grassroots one, since even these people be unaware of their own resources, may lack appreciation of technical skills, may not know the most efficient ways to accomplish self-help. Here is where government help comes in.”
Se han escrito muchas críticas de los programas de desarrollo, y no es mi intención reproducir aquí lo que se dice allí. Simplemente quería dejar constancia del vínculo que se presupone entre desarrollo o subdesarrollo y cultura.
No hay una definición universalmente aceptada de lo que constituye un país en vías de desarrollo; tampoco hay una única definición del proceso de desarrollo económico. No obstante los países en vías de desarrollo son categorizados en relación a un criterio basado en el ingreso per cápita, y el desarrollo económico suele verse cuando aumenta el ingreso per cápita y la pobreza disminuye o al menos no crece.
Hasta los años 80, el Banco Mundial se interesó en combinar el crecimiento en ingresos per cápita con asistencia especial para los pobres. Una de las estrategias para lograr esto se llamaba “redistribución con crecimiento”; otra se llamaba “estrategia de necesidades básicas”. En los años 80, el banco cambió esas estrategias y optó por promover el crecimiento agregado así como equilibrios macroeconómicos, ajustes estructurales, y aumento de ingresos en divisas. Desde los 90s, el banco ha vuelto a enfatizar el crecimiento para los pobres, junto con crecimiento agregado, en su concepto general de desarrollo (Banco Mundial 1980; 1990).
Ahora bien, a pesar de que la definición de desarrollo económico esbozada aquí hace referencia al mejoramiento de las condiciones de los pobres y del bienestar general de todos los ciudadanos, la realidad es que los indicadores usados para medir el desarrollo se limitaban al crecimiento de ingresos.
Este paradigma empieza a cambiar cuando economistas como Amartya Sen, Paul Streeten, Mahbub ul Haq y otros, propusieron que el crecimiento en ingresos debía considerarse un medio para mejorar el bienestar pero no un fin en sí mismo (Sen, 1988; Streeten, 1994). Que había otros factores de bienestar, podía mostrarse al comparar los ingresos per cápita con indicadores de educación o salud. Esta perspectiva se adoptó en el primer Informe sobre el desarrollo humano de 1990, preparado por Mahbub ul Haq.
Según Mahbub ul Haq, la diferencia entre las perspectivas de crecimiento humano y de desarrollo humano, estriban en que la primera se basa en la expansión de un factor – los ingresos – mientras que la segunda abarca todas las elecciones humanas, sean económicas, sociales, culturales o políticas (Haq, 1995, Ch. 2). Algunos argumentaron que un aumento en ingresos resultaría en una ampliación en las otras elecciones, pero Haq y otros mantuvieron que el vínculo entre la expansión de ingresos y la ampliación de elecciones humanas depende de la calidad y distribución del crecimiento económico, y no sólo en la cantidad de ese crecimiento. Y ese vínculo entre crecimiento de ingresos y bienestar humano tiene que ser creado conscientemente mediante políticas públicas para proporcionar equitativamente servicios y oportunidades a todos los ciudadanos.
No se puede confiar que se logre esa meta mediante mecanismos de mercado, porque éstos son muy indiferentes, cuando no hostiles a los pobres, los débiles y los vulnerables (Haq, 1995, Ch. 12).
Esta escuela económica representada por Haq y otros enfatizó tres tipos de elección: la oportunidad de vivir una larga y saludable vida; la oportunidad de adquirir conocimiento; y la oportunidad de tener acceso a los recursos necesarios para un estándar de vida decente. Este paradigma fue elaborado con la añadidura de otras dimensiones y aspectos, y el nombre mismo cambió de “desarrollo humano” a “desarrollo humano sustentable,” haciendo hincapié en la necesidad de sostener todas las formas de capital y recursos (físicos, humanos, financieros, ambientales) como una precondición para asegurar las necesidades de futuras generaciones.
El desarrollo sostenible hace referencia a la utilización de forma racional de los recursos naturales de un lugar, cuidando que no sean esquilmados y las generaciones futuras puedan hacer uso de ellos igual que hemos hecho nosotros, es decir, sin que nuestras prácticas, fundamentalmente económicas hipotequen el futuro del planeta.
La justificación del desarrollo sostenible proviene tanto del hecho de tener unos recursos naturales (nutrientes en el suelo, agua potable, etc.) susceptibles de agotarse, como por el hecho de que una creciente actividad económica sin más criterio que el económico produce, como ya se ha constatado, problemas medioambientales tanto a escala local como planetaria graves, que pueden, en el futuro, tornarse irreversibles.
Por ejemplo, si queremos aumentar la producción en agricultura, se puede hacer mediante puesta en regadío, uso de fertilizantes, agricultura intensiva, etc. Pero cada una de esas posibles acciones tiene un costo, así que se necesita elaborar estrategias de desarrollo, aprovechamiento de los recursos, sin hipotecar el futuro.
En la última década se ha expandido esta noción de “desarrollo humano sustentable” a todos los aspectos del desarrollo social, teniendo en cuenta la equidad de género, la igualdad de oportunidades de participación en decisiones políticas y económicas. Esta ampliación de la noción de desarrollo requiere de un marco institucional y legal que potencie a los ciudadanos y a las organizaciones de sociedad civil para que puedan tener la receptividad de las autoridades. Otros economistas han enfatizado la importancia para el bienestar social de la distribución equitativa y el sostenimiento público de los recursos ambientales y naturales.
DESARROLLO CULTURAL
Más recientemente se ha empezado a hablar de desarrollo cultural y de desarrollo culturalmente sustentable. Es decir, se ha planteado que, para que se produzca el bienestar social explicitado en el concepto de sostenibilidad, es necesario prestar atención a la calidad de vida que implican los factores culturales. Como veremos, eso quiere decir que se tienen que elaborar estrategias, indicadores, índices, mecanismos, instituciones y gestores semejantes a los descritos para el desarrollo económico, el desarrollo humano, y el desarrollo sustentable.
NUESTRA DIVERSIDAD CREATIVA
El tema del desarrollo cultural se plantea por primera vez no en relación a las industrias culturales, sino al vínculo entre pobreza o falta de recursos y cultura. Y esto se ha hecho en un contexto signado por la atención a la diversidad cultural. De hecho, en el informe de la Comisión Mundial de Cultura y Desarrollo, Nuestra Diversidad Creativa (1995), el concepto de diversidad es el mediador entre cultura y desarrollo: el desarrollo se define como "proceso que aumenta la libertad afectiva de quienes se benefician de él para llevar a cabo aquello que, por una razón u otra, tienen motivos para valorar.” Y la cultura se define como “maneras de vivir juntos”. A esto se agrega que la cultura es un fin en si mismo y no un medio, y que todo aquello a lo que le otorgamos valor, forma parte de la cultura.
El centro de análisis estará, por lo tanto, en la forma en que diferentes maneras de vivir juntos afectan la ampliación de las posibilidades y opciones abiertas al ser humano.
El desarrollo cultural, pues, debe conducir a:
También se promueve:
PNUD Y DIVERSIDAD CULTURAL
Desde la publicación de este informe sobre la diversidad creativa, se vienen generando muchos documentos y aun antes, la importancia de la diversidad fue reconocida en la creación de nuevas constituciones para países que ahora se reconocían como multiculturales e inclusive definieron derechos culturales, sobre todo para comunidades indígenas y afrodescendientes. Es el caso del Brasil en 1988, de Colombia en 1991 y de otros. Así que no resulta tan sorpresivo que el PNUD haya incluido a la cultura en su último informe sobre el desarrollo humano, recién publicado este año. En este informe, subtitulado “La libertad cultural en el mundo diverso de hoy,” se define el desarrollo como la “ampliación de las opciones de la gente, es decir, permitir que las personas elijan el tipo de vida que quieren llevar, pero también de brindarles tanto las herramientas como las oportunidades para que puedan tomar tal decisión. En un primer momento, la cultura entra en este panorama de desarrollo como causante de conflictos y otros problemas que obstaculizan el desarrollo, entendido en estos términos. El Informe sobre desarrollo humano 2004, subtitulado “La libertad cultural en el mundo diverso de hoy,” pone la cultura al centro de del proceso de desarrollo precisamente para sanar estos problemas. Es evidente que los conflictos generados por los atentados del 11 de septiembre pusieron la gota que rebasó el vaso y finalmente se asumió la cultura ya no como algo que inspira, enaltece y educa, sino como un complejo campo de actividades humanas que debe estar en el centro mismo de la economía, la política y todos los servicios sociales.
El informe comienza haciendo referencia al libro de Samuel Huntington El Choque de Civilizaciones, que es una advertencia para Occidente, y sobre Estados Unidos, de que las otras civilizaciones (sobre todo la islámica) son una amenaza a los valores de libertad, democracia, crecimiento económico. Parentéticamente, éste es el mismo profesor de Harvard que acaba de publicar un libro -Who Are We?—The Challenges to America's National Identity– en que culpa a los inmigrantes hispanos por el deterioro de los valores cívicos y por fragmentar la identidad y la cultura estadounidense. El argumento del PNUD, fundamentado en investigaciones e indicadores de desarrollo, es al revés, pues lejos de “originar fragmentación, conflictos, prácticas autoritarias ni reducen el ritmo del desarrollo… las políticas de reconocimiento multicultural son viables y necesarias, puesto que lo que suele provocar tensiones es la eliminación de los grupos que se identifican culturalmente” (PNUD 2004: 2).
INDUSTRIAS CULTURALES Y TRANSVERSALIDAD
Creo que los informes de UNESCO y del PNUD nos revelan que la cultura no debe tratarse como un mero “correctivo cualitativo” del desarrollo o del progreso.
Un desarrollo culturalmente sustentable no hace de la cultura una “tabla de salvación” que distingue lo humano de lo económico, lo mediático y lo técnico. La cultura ya es parte de todas esas otras esferas y en la medida que no se le da reconocimiento como insumo económico, mediático, técnico, etc. el resultado es el empobrecimiento de esas esferas y del ambiente cultural mismo. O para decirlo de otra manera, el desarrollo no será sustentable a menos que se tenga en consideración no sólo el impacto de las otras esferas en las prácticas tradicionalmente reconocidas como culturales (artes, industrias culturales, folklore y culturas populares), sino la manera en que se manifiesta la dimensión cultural en esas otras esferas. Ya empezamos a entender que la cultura es una dimensión crucial en el empleo, el turismo, la educación, la tecnología, las comunicaciones y las telecomunicaciones, el desarrollo nacional y local. La manera en que los actores sociales se manifiestan en esas esferas, incide en su concepción de mundo, que, a su vez, condiciona sus opciones y estrategias de participación social y política como productores y receptores de cultura, en gran parte mediada por las Industrias Culturales (IC).
Desde la óptica de una ecología cultural del desarrollo, o de un desarrollo culturalmente sustentable, es necesario plantearse la transversalidad de la cultura, y a partir de allí formular políticas que si bien reconocen la especificidad sectorial de las IC, también orientan su gestión integrada. Repasaremos, más abajo, cómo se pueden producir sinergias multisectoriales fortalecedoras para, por ejemplo, impulsar la producción fonográfica local a partir del turismo sustentable, o a partir del desarrollo comunitario asistido por las ONGs y la cooperación internacional. La mención de este último actor –el llamado tercer sector– nos lleva a considerar que allí también se presentan las condiciones para pensar el papel de la cultura, por lo general en relación a áreas de acción que parecen tener poco que ver con cultura: combate a la pobreza, protección y desarrollo ambiental, desarrollo comunitario, apoyo a la salud, promoción económica (en sectores como el minero, alimentación, madera), fomento del comercio, fortalecimiento institucional (en la administración pública y empresarial), asistencia técnica a pequeñas y medianas empresas (pymes), capacitación en ciencia y tecnología, apoyo para el acceso a la informática y a la educación, potenciamiento de la participación ciudadana, defensa de los derechos humanos, etc. (ver Comisión Europea 2002; OEI 1995; HIVOS; Red de Comunicaciones sobre Desarrollo Sostenible (RCDS)).
Un acercamiento integral al desarrollo culturalmente sustentable requiere que se tengan en cuenta los dos tipos de transversalidad: la que recorre sectores diversos (v.gr., economía, desarrollo comunitario, pymes y música), y la que sitúa el apoyo a los diversos sectores en un entramado local, nacional, regional, internacional y transnacional. Las IC, vistas a través de estas dos ópticas de la transversalidad, parecieran habitar tres escalas.
La primer escala sería lo que Getino (2003) llama autosuficiencia nacional: las industrias editoriales, fonográficas y audiovisuales, en los grandes países o en pequeños países como Cuba (que todavía disfrutaban el legado de haber sido una encrucijada importante de la colonia) crecieron más o menos autonómicamente, por acción de empresarios privados, y al ritmo del desarrollo nacional, a lo largo del siglo XX, llegando a su auge autonómico con los “milagros” económicos logrados por las políticas de sustitución de importaciones.1 Las políticas de desarrollo económico crearon suficiente riqueza y una clase media que aprovechó la concomitante construcción del estado benefactor, convirtiéndose en públicos educados para el consumo de las IC. En este contexto, cada IC siguió su propia lógica de producción y comercialización. Cabe observar, además, con Getino (2003), que “dicho contexto global hubiera contribuido muy poco al desarrollo de las IC de no haber mediado políticas empresariales dedicadas a auscultar y satisfacer las demandas culturales del
Mercado local y regional.”
Una segunda escala, que podríamos llamar dependencia externalizadora, que todavía vivimos, arranca primero con la crisis petrolera de comienzos de los 70s y luego de la crisis de la deuda externa, que alcanzó el 39% del PIB y 201% de exportaciones, empobreciendo a centenares de millones y cuya cura –los programas de ajuste estructural impuestos por el FMI y la política económica de EEUU– debilitó el estado benefactor, redujo el empleo estatal, impuso la privatización de los patrimonios nacionales y reorientó las economías nacionales hacia las exportaciones bajo condiciones muy desfavorables. Por añadidura, las nuevas estrategias especuladoras en los mercados financieros y la desregulación de casi todas las industrias, condujeron a la conglomerización de las IC en holdings ya no sólo multimedia, sino de muchas otras industrias que no tienen nada que ver con cultura, resultando en una pérdida del raciocinio cultural en la administración y la imposición de criterios casi exclusivamente mercadológicos.
En un primer momento de esta transformación, que coincidió con el auge de la televisión, la industria cinematográfica buscó el socorro estatal, que respondió con medidas proteccionistas: cuotas de pantalla para la producción local, créditos blandos y subsidios a los empresarios nacionales. Algo parecido sucedió con la industria del libro, que como señala Sealtiel Alatriste, fue la base de la modernización social latinoamericana, sobre todo en Buenos Aires y México (no hay que olvidar que este proceso fue muy desigual dentro de los países latinoamericanos). Desde los 1930s y 40s, con los gobiernos populistas de Cárdenas, Vargas y Perón, se invirtió en la educación y en la industria del libro, en manos del Estado en el caso de México. Por añadidura, “prácticamente toda la literatura mundial estaba al alcance de los lectores de lengua española gracias al empuje de los editores argentinos” (1999: 210).
Alatriste atribuye el radical cambio que se verá en la industria editorial a la transformación económica que venimos reseñando, pero también observa que no se ha mantenido esa industria debido a la falta de un hábito de lectura, que resalta la debilidad de la educación (214). Estudios estadísticos y cualitativos corroboran la hipótesis de Alatriste. Por una parte, el índice de publicaciones es muy bajo, según estadísticas del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD, 1997). Además, la circulación de periódicos en América Latina, sólo alcanza un tercio, teniendo en cuenta proporcional a la población, en comparación con los países desarrollados. Peor aún, América Latina sólo tiene el 1% de los hosts de Internet (Brunner, 2000, 10). Todo esto refleja la muy baja escolaridad y la poca inversión en educación, la “disminución de la escuela pública”, al decir de Jorge Cunha Lima (2000).
Desde luego, las transformaciones económicas y estructurales constituyen el contexto en que se da el gran cambio en la industria editorial: las grandes editoriales latinoamericanas, impulsoras de autores de reputación mundial, son adquiridas por empresas europeas, sobre todo españolas, y reorientadas hacia los bestsellers, vaciando así el lugar que estas editoriales proporcionaban para la intensa labor intelectual y literaria. Los grandes conglomerados editoriales (Time Warner, de Estados Unidos; Vivendi [antes Havas, que ya había absorbido a Hachette], de Francia; Bertelsmann, de Alemania; Planeta y Santillana, de España) restringieron la diversidad del libro mediante la búsqueda del best seller, que conduce a producir una “menor cantidad de títulos con grandes tiradas y fuertes ventas, en un proceso de selección basado exclusivamente en criterios comerciales” (Harari 2000: 7). Por añadidura, el control de los sistemas de distribución, que asegura el éxito competitivo según estos criterios comerciales - v.gr., en Francia las cadenas, megalibrerías y los supermercados venden más de la mitad de toda la oferta editorial (Rapport d’activité 1998) – reduce la entrada al mercado de “literatura en general y ciencias humanas” (Harari 2000: 4).
La segunda escala coincide con el asalto de la globalización neoliberal a la diversidad cultural, no porque la elimine, sino porque la excluye del espacio público, que es lo mismo que decir el espacio mediático. Se trata de una gestión poco sustentable de la actividad cultural. Si bien los procesos de la globalización conglomerada diseminan ampliamente los productos de los países dominantes e inclusive productos de países periféricos dentro de la lógica e intereses de los primeros (v.gr., la World Music), esos mismos procesos aminoran la diversidad cultural a escala mundial, a menudo previniendo que las industrias culturales locales no conglomerizadas –como por ejemplo las editoriales independientes o las productoras indies (por contraste con las majors) de cine y música– apenas sobrevivan con mercados reducidos e inclusive sucumban debido a las condiciones arduas de distribución. De hecho, la conglomerización se expresa en nuevas formas de distribución que promueven el bestseller y el libro de lectura “fácil” (v.gr., autoayuda): las cadenas de librerías (Barnes & Noble, Borders, Crisol, Fnac, Virgin, etc.), la venta en supermercados, y luego la innovación tecnológica orientada al comercio, el e-comercio por Internet, que transforma el formato mismo de la lectura. Estas transformaciones conducen a la casi extinción de ciertos intermediarios culturales claves en la historia del editoreo. “El editor…abandona cada vez más su rol de filtro; la selectividad, que crea la imagen propia de cada editorial y que es un aporte cultural significativo” (Harari 2000). Este achicamiento de la diversidad cultural se da junto al crecimiento de la televisión y la industria de la música en los 90s. Según Alfredo Alfonso, “América Latina en su conjunto… exhibe las cifras más elevadas del mundo en cuanto a cantidad de canales de televisión por número de receptores y la cantidad de horas anuales de transmisión de programación en ese medio, aventajando largamente a Europa (Alfonso, 2000, 44). Constatamos que las grandes empresas, que ya reunían editoreo, audiovisual y telecomunicaciones –v.gr., las brasileñas Globo y Abril, el argentino Grupo Clarín –atendiéndose a la misma evolución de Time-Warner o Bertelsmann– o las que se conglomerizaron a partir del audiovisual –v.gr., la mexicana Televisa y el venezolano Grupo Cisneros (dueños de Venevisión)- hoy en día son parte del mismo sistema transnacional de fusiones y adquisiciones que caracteriza a la nueva división internacional del trabajo cultural, que en parte responde a la necesidad de reducir los costos de operación (sobre todo eliminando puestos redundantes y abaratando la mano de obra) y de aumentar los rendimientos por medio de una base de usuarios más consolidada.
A pesar de este dominio de los mercados culturales en la industria del libro, del audiovisual y de la música, lo interesante es que hay una muy activa producción independiente musical a lo largo del continente, pero no se tienen estadísticas fieles para medir su tamaño. Gran parte de esta producción se vende en ferias, conciertos y otros puntos de venta informales. Como veremos luego, esta producción todavía no ha sido considerada por las políticas públicas, lo que es sumamente decepcionante, por cuatro razones: primero, porque no se aprovecha el valor económico que podría rendir esa producción, si se pudiera articular en circuitos alternativos de distribución más efectivos; segundo, porque el gran aporte de diversidad cultural que implica esta actividad musical, sobre todo en relación a jóvenes, queda desconocida por las instituciones encargadas de formular políticas culturales; tercero, la música de jóvenes es un medio para vincular las industrias culturales con otras iniciativas de intervención social (véase más abajo el ejemplo del Grupo Cultural Afro Reggae); cuarto, debido a su transversalidad en conexión con otras actividades –ferias, turismo, activismo social, festivales étnicos, etc., se ofrece la oportunidad de articular a la música con la labor de las ONGs, y acaso así involucrarlas más ampliamente en el apoyo a las IC.
Nuevas reticulaciones
Estas consideraciones nos introducen de lleno en la tercera escala, que podría caracterizarse como la temporalidad de las reticulaciones locales y translocales, una suerte de glocalización desde abajo, donde también encontramos las políticas más livianas de las ONGs, a su vez apoyadas en gran parte por la cooperación internacional. Esta es, además, la temporalidad de las conexiones en línea, la organización y gestión por Internet, como el caso de la Red de Comunicaciones sobre Desarrollo Sostenible/Sustainable Development Communications Network (RCDS/SDCN), que reúne a 17 organizaciones en 13 países, entre ellos Argentina, Costa Rica y Ecuador; se dedica a reunir y generar conocimiento sobre la comunicación del desarrollo sustentable, incluyendo la experiencia de los países en vías de desarrollo y en transición, para compartirlo más ampliamente, más allá de los miembros de la red. Sus objetivos consisten en emprender actividades conjuntas en el área de las comunicaciones para informar sobre el desarrollo sustentable a audiencias más amplias; construir entre los miembros la habilidad de comunicar el desarrollo sustentable a través de nuevas tecnologías de comunicación, y compartir ampliamente el conocimiento sobre el uso eficiente y efectivo de tecnologías de comunicación por Internet (TCI); proveer un foro para que los miembros de la red compartan experiencias en el manejo de las comunicaciones en el campo del desarrollo sustentable. Más abajo, se presentará las experiencias de algunas ONGs que gestionan a través de las organizaciones miembros de RCDS/SDCN, la creación de portales y observatorios para mapear todas las temporalidades y niveles del complejo entramado de las actividades culturales en la región, de cara a fortalecer las acciones cooperativas, viabilizar las coproducciones y descubrir nuevas fuentes de financiamiento en el sector privado y el no-gubernamental, sobre todo el que promueve el desarrollo sustentable. A la vez, estas iniciativas hacen posible reconocer e incidir en la formación de públicos y usuarios.
RECOMENDACIONES PARA ASEGURAR LA SUSTENTABILIDAD DE LAS INDUSTRIAS CULTURALES
Protagonismo del Estado
Hacer hincapié en el papel fundamental del Estado en la promoción de las industrias culturales, mediante subsidios, créditos, incentivos fiscales, cuentas satelitales bancarias y otros mecanismos, además de proteger a la cultura nacional y local, negociando excepciones y/o reservas culturales en la Organización Mundial de Comercio (OMC), tratados de libre comercio, etc.
Regionalización
Promover la participación del Estado en acuerdos regionales en los cuales se sinergicen esfuerzos para fortalecer a las industrias culturales, apoyando observatorios regionales, armonización de legislación y eliminación de impuestos y otras barreras aduaneras.
Propiedad intelectual
Defender los derechos de autor y procurar establecer un equilibrio justo entre las necesidades de los países en vías de desarrollo y los países desarrollados en relación a derechos de propiedad intelectual.
Transversalidad sectorial
Fortalecer la transversalidad sectorial de la cultura, fomentando sinergias entre los diversos sectores: Finanzas, Hacienda, Comercio, Medio Ambiente, Turismo, Comunicaciones, Educación, Cultura, etc.
Transversalidad institucional
Fortalecer la transversalidad institucional de la cultura, fomentando alianzas entre el Estado, las empresas, el tercer sector, organizaciones de la sociedad civil, y la cooperación internacional, para ver cómo se podría orientar esta labor hacia las industrias culturales.
Cartografía de la ecología institucional
No hay registros adecuados de todas las actividades que desempeñan las ONGs.
Por tanto, debe llevarse a cabo un mapeo de lo que aportan las empresas, el tercer sector y la cooperación internacional en términos de fortalecimiento institucional, capacitación, asesoría, apoyos, etc.
Diversidad interna
A pesar de que la mayor parte de los países de la región asumieron su carácter pluricultural y multiétnico, el acceso y el control de las industrias culturales se concentran en las manos de los grupos dominantes y excluyen a las minorías étnicas, raciales o lingüísticas. Deben ser pensadas políticas que garanticen el acceso de todos los ciudadanos sin distinción de raza, lengua o grupo étnico para que los productos expresen con mayor equidad la riqueza y diversidad cultural. Debe haber espacios para que todo grupo pueda representarse según sus propios parámetros.
Discriminación Positiva para países pequeños
Buscar un equilibrio entre las necesidades e intereses de los países grandes y los de los pequeños, puesto que la tendencia en lo que se escribe sobre las industrias culturales es centrarla en aquellos países donde hay industrias de escala: Brasil, México y Argentina. Pero de la misma manera que los países latinoamericanos grandes procuran proyectarse en el escenario internacional, así también quisieran hacerlo los pequeños. El diseño de políticas culturales a escala regional debe tener en cuenta las asimetrías entre los grandes países de la región y los más pequeños. No es lo mismo formular políticas culturales para países de las dimensiones de Brasil, México o España, que para países con menores recursos, como Perú o Colombia, o para los más pequeños en términos territoriales y demográficos, como los países de Centroamérica y el Caribe. Por tanto, es importante que en los acuerdos regionales (v.gr., Mercosur, la Comunidad Andina, y en las negociaciones del ALCA) o en foros multilaterales, como la OEI, se establezcan políticas especiales o de discriminación positiva a favor de los países pequeños, en menores condiciones de desarrollo.
Reticulación entre pequeños y pequeños y grandes
Deben establecerse políticas internacionales para facilitar la formación de redes regionales entre países pequeños, a ejemplo de lo que pasa en los países centroamericanos (v.gr., InCorpore), y entre éstos y los grandes países, para posibilitar la producción en escala que viabilice estas iniciativas en términos de mercado.
Fortalecer a pymes, portadoras de diversidad
El solo hecho de que existan conglomerados como Globo, Clarín y Televisa, que puedan competir –o más bien aliarse en iniciativas– con los conglomerados globales con sede en EEUU o Europa, no quiere decir que se promuevan contenidos locales y regionales latinoamericanos. Todas estas empresas transpiran una misma lógica de mercado. De ahí la necesidad de promover la diversidad de empresas, especialmente cuando atestiguamos la creciente desaparición de empresas medianas en los procesos de reestructuración empresarial. Las transformaciones ocurridas en los últimos años, con los procesos de fusión entre grandes grupos empresariales, absorción de empresas y quiebras de las que no consiguieron reinsertarse en este nuevo mercado en globalización, produjeron un cambio en la estructura del mercado. En el modelo empresarial actual se adelgaza la cintura de la pirámide, con la desaparición de un gran número de pequeñas y medianas empresas y el crecimiento de los conglomerados. Las pequeñas empresas entran en el mercado, asumiendo los segmentos que presentan una mayor tasa de riesgo y son, con frecuencia, un nicho de innovación; no obstante, gran parte de las mismas desaparece a causa de estos riesgos. Se necesitan políticas que aseguren la sobrevivencia de las pequeñas y medianas empresas y la creación de nuevas. Más allá de la necesidad de diversidad en la estructura empresarial, que proporciona empleo para diversos sectores sociales, se reconoce que las pequeñas empresas, sobre todo, facilitan el acceso de muchos grupos -en especial los culturales, étnicos y regionales- que de otra manera no tienen fácil entrada a los medios de las industrias culturales. La diversidad en el tejido empresarial y su diversificación asegura que estos grupos puedan proyectar su cultura no sólo entre ellos, sino a esferas públicas más amplias.
Formar Red de Observatorios
Crear un sistema coordinado de información, indicadores y estudios prospectivos. Deben unirse los esfuerzos de los observatorios ya existentes en Argentina, Chile, Uruguay, Brasil, Venezuela, Colombia, España, y el que ha propuesto la OEA. Más allá de ofrecer indicadores básicos como número de televisores, visitantes de museo, espectadores de teatro, ventas, etc. Los observatorios deberían recuperar y socializar las buenas prácticas de uso y programación (en términos de la calidad y la diversidad de los contenidos, la sostenibilidad en la programación en las infraestructuras, su impacto en la formación de públicos y su relevancia como espacios de creatividad y expresión ciudadana).
Formar Red de Programas de Formación de Gestores
Formación: poner en red los programas de formación de gestores, labor que ya viene haciendo Iberformat. Compara experiencias de cursos a distancia, como el Diplomado en Políticas Culturales y Gestión Cultural co-patrocinado por Conaculta y la OEI.
Fuente:
La exposición fue realizada en el Seminario “LA CULTURA COMO FACTOR DE DESARROLLO”, dictado en la Universidad de Chile, Santiago de Chile, 9 de agosto de 2005.
Biografía del autor:
George Yúdice es profesor del American Studies Program y del Departamento de español y portugués de la New York University. Es director del Centreo de Estudios latinoamericanos y del Caribe. Ha trabajado sobre literatura y arte, políticas culturales, globalización y procesos transnacionales y es referencia imprescindible en los estudios culturales sobre América Latina. Es miembro del colectivo Social Text y editor asesor de Cultural Studies y Topia. Es autor, entre otros títulos, de Vicente Huidobro y la motivación del lenguaje poético y Cultural Policy, (1978, con Toby Miller); On Edge: The Crisis of Contemporary Latin American Culture (1992, con Jean Franco y Juan Flores); Literatura y valor: A partir de la postmodernidad y We Are Not the World: Identity and Representation in an Age of Global Restructuring.